COMO SI II

Algunos eventos menores de estos días me devolvieron a un ensayo que escribí para la materia Análisis del Discurso. Es sobre el libro La tierra incomparable, de Antonio Dal Masetto. Comparto.

CON LA AYUDA DE LOS OBJETOS

Un lunes al medio día, como todos los lunes, toco el botón del 11 B en el edificio de la Avenida Velez Sarsfield. Una voz femenina, joven, atiende y me abre la puerta con el portero eléctrico. Dos minutos más tarde, esa misma joven abre la puerta del lobby del ascensor y me saluda al entrar al departamento. Me dice que mi abuela está esperando a la mesa y que la comida ya está lista. Se dirige a la cocina.

La casa, decorada en un estilo francés, está muy ordenada, como siempre. Los muebles y adornos permanecen todos en el mismo sitio y posición, como si nadie los hubiese tocado desde mi última visita. Ingresar a esa casa me hace sentir que el tiempo se detuvo, no al entrar, sino que se mantuvo estático siempre dentro de las paredes de ese departamento. Esa inmovilidad es acogedora, cálida. Es el resultado de la constante dedicación de una persona para mantener un espacio en el mundo que todavía la represente, la identifique. Cada objeto, cada planta forma parte de un todo homogéneo, auténtico, que hace sentir la presencia de mi abuela y su pasado en todo el lugar.

No es fácil, pienso, para alguien que ha vivido 86 de los años más cambiantes de la historia, adaptarse y seguir sintiendo que ese mundo es el suyo, el que la crío y le enseñó todo lo que sabe acerca de la vida. La mayoría de la gente que le queda cerca es parte de otro mundo, un mundo acostumbrado al cambio, al reemplazo y que no entiende la quietud y la permanencia. O, mejor dicho, que las entiende como una discapacidad, como parálisis. Un mundo en el que, según Baudrillard, el llamado sumo pontífice de la posmodernidad, “no hay realidad, no hay historia, sino un simulacro de la realidad y la negación de la historia”.

Entro al comedor y ahí está, comiendo un grisín, mirando a la pared, o no, sentada muy derecha en la silla de siempre. Me saluda afectuosamente y me pregunta qué me demoró. Me excuso culpando al ómnibus. Dice que para comer hay un lomo al champignon con papas al horno y que espera que me guste, aunque sabe muy bien que sí. Luego empieza con lo de siempre: que estaba viendo a Mirtha Legrand, que había invitado a una de esas chicas que bailan en el caño, en la tele, y que mostraron los videos de la noche anterior. Con preocupación y enfado dice que ya no se puede ver ni a Mirtha sin tener que ver una mujer desnuda. Yo asiento y trato de cambiar el tema, incómodo, como si parte de esa queja fuera dirigida hacia mí. Sé que si sigo hablando de eso después vienen los reproches de cómo hablamos hoy los jóvenes, que no se nos cae el “b” de la boca y esas cosas.

Comienzo a contarle mi día. Que estoy rindiendo finales en la universidad y que estoy cansado de estudiar, pero que, por suerte, hasta ahora aprobé todo. Le hablo de una novela que estoy leyendo para una materia, que pienso puede gustarle: La tierra incomparable de Antonio Dal Masetto. Le pregunto si la leyó y me dice que no, que la había escuchado nombrar alguna vez, pero que no la había leído.

En ese momento traen la comida. Mientras me sirve le cuento que es una historia conmovedora, que trata del viaje de una inmigrante italiana que cumple ochenta años y decide volver a Trani, su pueblo natal, luego de cuarenta años de ausencia. Parece no prestarme mucha atención y me señala que empiece a comer antes de que se enfríe. De todas maneras le sigo comentando, porque esa anciana me recuerda mucho a ella -aunque no se lo digo- en su afán de recuperar y conservar algo del tiempo pasado y en la resignación que provoca asumir que el paso del tiempo es un proceso infinito e irreversible. Aunque mi abuela, a diferencia de la protagonista del libro, no pueda dejar de expresar su disconformidad cada vez que tiene la oportunidad.

Ágata escapa de la Italia de posguerra con su marido y sus dos hijos en busca de un futuro más digno en tierras argentinas. Luego de cuatro décadas, al cumplir los ochenta, decide volver. Su viaje no pretende solamente revivir tiempos pasados, también es una búsqueda de identidad. Porque la tragedia del inmigrante es, en casi todas las ocasiones, la de perder la sensación de pertenencia, porque el lugar en que vive no es su tierra y el lugar del que partió cambió sin él y lo dejó perdido en algún lugar del pasado. Una tragedia que, en nuestro país, es moneda corriente debido a las fuertes olas inmigratorias del siglo XX, de las que el autor formó parte en 1950, a la edad de 12 años. Y ahí quedan, identidades suspendidas eternamente en el océano entre una tierra y otra, pero en ninguna.

El viaje de Ágata está basado, en realidad, en la experiencia personal de Dal Masetto, que volvió por primera vez a Intra, su pueblo de origen al norte de Italia, con casi 50 años. El personaje esta inspirado en su madre, que ya había protagonizado Oscuramente fuerte es la vida, su primera novela acerca de la inmigración. La tierra incomparable es su segundo acercamiento literario a esta problemática, y representa el sueño de miles de inmigrantes que tuvieron que abandonar sus orígenes escapando de la miseria que había dejado tras de si la Segunda Guerra Mundial y el de cualquier persona que esta en una situación similar de desarraigo.

Por esa razón, esta obra no se compromete directamente con su tiempo y se centra específicamente en las experiencias de Ágata, sin perder su punto de vista. Porque el tiempo que a Ágata le importa es otro, inclusive distinto al de la diégesis y, este último, sólo cobra importancia cuando contrasta con el pasado del personaje o cuando funciona como analogía con su sensación de desarraigo. La inmigración africana a Europa es mencionada en más de una ocasión con este propósito:

“Ágata se puso a hojear un diario y le llamó la atención el título de una nota y la foto que la ilustraba. La nota relataba la odisea de un barco de fugitivos de Somalía, un carguero con 4.500 prófugos, entre ellos 400 niños, que viajaba a la deriva tratando de ser recibido en algún puerto y era rechazado por todos los países”. (La tierra incomparable, 47)

La trama evoluciona en forma lineal, describiendo los días de Ágata, desde los anteriores a la partida hasta los últimos en Italia. Aunque, ocasionalmente, realiza un viaje al pasado en los recuerdos de la protagonista. Encuentros casuales con objetos y visitas a lugares familiares la llevan a potenciar las representaciones de Italia en su mente a un nivel sensorial que trasciende lo imaginario. Su antigua casa, el río donde solía ir a lavar la ropa, el aire de las montañas, hasta las hojas de los árboles convocan el tiempo de antaño a través de las sensaciones.

“…estaban rodeadas de hojas caídas. Ágata tomó una y la hizo girar entre los dedos (…) Advirtió que Silvana la observaba y pensó que ella no podía saber que ese gesto estaba reeditando otro, antiguo, de su niñez (…) Le habló a Silvana de los días en que, sentadas bajo el nogal, al fondo del terreno, Elsa la había iniciado en la lectura de sus primeros libros.-Me gustaba tanto- dijo Ágata sonriendo”. (La tierra incomparable, 162)

Esa hoja, como un perfecto object trouvé surrealista, revive en Ágata emociones y sensaciones lejanas con la eficiencia de una máquina del tiempo.

Lo mismo pienso de los objetos que decoran la casa de mi abuela, cómo el reloj antiguo que se posa encima de la chimenea -quién sabe cuantas vueltas habrán dado ya sus agujas-, o el gran espejo ovalado, de marco dorado con ornamentos barrocos, que corona el sofá del living. Cada uno de ellos parece estar ahí acompañándola, almacenando una porción del tiempo que ella atesora en su mente. Las personas de a poco se van y los objetos que conserva son lo único que la mantiene cerca de su historia.

Porque el pasado de cada uno es, en definitiva, sólo eso: las representaciones de lo vivido que conservamos en nuestra memoria. Una memoria frágil, en muchos casos difusa, que cuando no tiene a otra persona con quién recordar, necesita de la ayuda de los objetos para cumplir con su trabajo en forma acabada. Y la tierra incomparable no es otra que la que está en la mente de Ágata -o de cualquier inmigrante- que no es semejante ni a la Argentina ni al mismo Trani cuarenta años después. Una tierra a la que sólo se puede viajar en el recuerdo.

Pero no son los lugares y los objetos los que hacen que los tiempos vividos sean posteriormente tan añorados, sino la gente que nos acompaña. Lamentablemente, para Ágata, volver a Trani no significa volver a los viejos afectos, ya que la única persona que queda de esos días de su vida para recibirla fraternalmente es Carla, una anciana que sufre de algunas dolencias seniles. Sus piernas ya no la pueden ayudar a desplazarse más que distancias cortas y su mente, en ocasiones, la engaña devolviéndola a otros tiempos. Una cruel e irónica forma de conseguir aquello que Ágata busca con tanto entusiasmo.

“Después Carla se echó hacia atrás en el sillón, dejó vagar la mirada y las facciones de su cara se dulcificaron aún más. Era como si se hubiese ido.-Deberíamos llamarla a Lucía y avisarle que volviste -dijo por fin Carla- (…)Ágata se sobresaltó y no supo qué contestar. Lucía, la tercera del grupito de amigas de la adolescencia, había muerto hace diez años atrás”. (La tierra incomparable, 77)

El reencuentro con las amistades del pasado puede presentar dos inconvenientes. El primero es el evidente hecho de que la gente cambia, y que, al estar tanto tiempo distanciados, se corre el riesgo de que el cambio sea tan grande que las dos personas ya no reconozcan en la otra a su viejo amigo u amiga. El segundo, es que los recuerdos también pueden crecer, de algún modo, en nuestra mente. Es decir, que podemos encontrarnos con cambios, pero no de la forma que imaginábamos. O, por que no, que las cosas que uno cree que con el tiempo mudan o se desvanecen, en realidad permanecen con la misma intensidad, para bien o para mal, a pesar del tiempo transcurrido. La persistencia del pasado es a veces asombrosa. Cuando Ágata va a visitar a Rineta, su cuñada, se encuentra con una situación que la deja perpleja:

“-¿A quién busca? -preguntó Rineta.

-Soy Ágata.

Rineta la estudió achicando aún más los ojos. No hubo alteración en su cara. Nada que expresara sorpresa. Terminó de abrir la puerta e hizo un breve gesto de invitación con la mano:

-Adelante.

Lo dijo con un tono que podría haber usado frente a alguien que veía todos los días. (…)

-Así que volviste al pueblo -dijo.

-Volví -dijo Ágata.

-Está cambiado.

-Bastante.

-Son muchos años.

-Si, son muchos años.

-Ahora ya no sirve volver, no se puede remediar nada.

-¿Remediar qué?

-Ustedes tomaron el barco y se olvidaron de los que quedaban acá.” (La tierra incomparable, 138 )

Es con Silvana, nieta de Carla, que Ágata entabla una relación que va a hacer de su viaje no solo un reencuentro vívido con su memoria, sino también una experiencia nueva, digna de ser añorada en el futuro. Esta extraña mujer se convierte en la compañera de viaje de Ágata y con el correr de los días llegan a ser confidentes. La joven lleva a la protagonista en su auto hacia los lugares que quiere volver a ver. Juntas aprenden mucho de cada una al hablar del Trani que Ágata dejó atrás y del que hoy es hogar de Silvana. Son el presente y el pasado deambulando juntos por los pueblitos del norte italiano, observando a través de la mirada del otro los lugares que ya conocen, o que creen conocer.

Mi abuela me dice que la novela le parece interesante y me pide que se la preste cuando la termine, así tiene algo que hacer que no sea ver televisión en sus tardes aburridas. Conversamos sobre algunos temas más hasta que se termina el almuerzo. Me apena tener que salir apurado, pero debo volver a los estudios. La saludo, subo al ascensor y me preparo para salir al mundo en movimiento. Me pregunto a partir de qué punto se comienza a vivir más en el pasado que en el presente. ¿Será cuando uno toma conciencia de que tiene más historia que porvenir? ¿O cuando la coyuntura excede tu capacidad de comprensión y adaptación? Por ahora me queda mirar hacia delante. Yo mismo planeo emigrar en busca de algo distinto, así que quizás el futuro me depara un viaje como el de Ágata, pero de regreso a Córdoba, y visite el departamento de mi abuela, tal vez sin ella, sin sus objetos; un departamento que va a ser otro departamento en una ciudad que va a ser otra ciudad.

Como Si I

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~ por soychiquitito en diciembre 9, 2007.

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