N

Subo al N Central para ir a la facultad y me paro frente a una mujer de unos treinta años, morocha, flaca como una espina dorsal.  Está sentada en la fila de asientos individuales, casi al fondo. 

El vehículo retoma la marcha, la mujer saca su celular y comienza a escribir un mensaje. Cuando voy parado en el ómnibus y alguien que está sentado delante mío escribe un SMS me resulta casi imposible resistir la tentación de leerlo. Es que es tan fácil. Sólo basta con bajar disimuladamente la mirada y el texto se imprime en la retina casi como por accidente.

Por lo general los mensajes no pasan de avisos como “En el bndi. Llgo n 10”, o noticias instantáneas del tipo “Aprobé! 8 :D”. Comentarios triviales que permiten que la intromisión pase casi inadvertida por mi conciencia.

Bajo la mirada y leo: “Si aparezco muerta algún día no te asustes. Estoy cansada de este infierno en que vivo. No quiero causarle mas dolor a tu familia”. La mujer busca en su lista de contactos a Omar y envía el mensaje. Con el dedo índice impide que escapen unas lágrimas de su ojo derecho. 

Dos paradas más tarde baja del ómnibus. Su asiento queda desocupado. No puedo evitar sentir remordimiento. Ofrezco el lugar a una mujer que esta parada a mi lado y me dice que gracias, pero que se ya baja. Me alegra que diga eso. No poque quiera sentarme, por alguna razón el espacio vacío me hace falta en ese momento.

Contemplo el asiento y lo encuentro inmenso. Me inspira respeto, humildad. Me acerco un poco, como cubriendolo, sin sacarle la vista. Quiero poder sentir ese vacío de plástico gris sin ocuparlo, sin vulnerarlo. No puedo sentarme ahí, nadie debería. Ese asiento cumple otra función a partir de ahora. Qué sentido tiene acabar con eso sólo para descansar las piernas.

Alguien me toca el hombro y me pide permiso. El espacio frente a mi vuelve a tener el tamaño de un hombre. Afuera estan los autos, el ruido. Faltan pocas cuadras para bajar, me muevo hacia la puerta. Pienso si podré llegar a tiempo con los trabajos prácticos esta semana.

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~ por soychiquitito en noviembre 13, 2007.

Una respuesta to “N”

  1. Boludo, que denso el momento.

    A veces la culpa que más inunda no es la de no ayudar a un extraño que parece necesitarlo, sinó la culpa más traidora y real de querer que el momento pase rápido y esa persona extraña que rozó su crisis con mi realidad vuelva a desaparecer de mi rutina, volviendo a ser nadie en mi universo.

    Es jodido, es una impotencia justificada, pero hace a uno cuestionarse si está llevando su vida por buen camino.

    Lamentablemente, a veces hay que ingorar y rogar al Dios que a ese extraño se le solucione la vida. O que no vuelva a aparecer en la vida de uno.

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